He decidido que quiero ser un señor de cincuenta años que vende obras de arte en una pequeña galería de París, Lyon o alguna otra ciudad con encanto francesa. He decidido que quiero montar exposiciones que se inauguren con canapés baratos y champange o vino blanco de Burdeos. He decidido que quiero rodearme de gente indiferente, con gafas de pasta y vidas y amantes que no saben gestionar. He decidido que quiero llevar americana de pana, cara, pero que parece más barata de lo que es. He decidido que quiero aparentar saber de arte, o saber a secas, lo que sea más sencillo. He decidio que quiero sonreír mientras hablo con unos y con otros y suena de fondo o Kind of blue o algún otro redundante disco de jazz de ésos que siempre quedan bien y te hacen parecer culto ante otros farsantes. He decidido que me alimentaré sólo de las pijadas conceptuales que pongan en los restaurantes distinguidos a los que la gente con caché suele ir a saludar. He decidido que aparcaré un BMW serie 3 en la puerta de la galería los viernes, y que pasearé el resto de días con alguna Vespino o Lambretta restaurada. He decidido tener una casa bonita en alguna antigua fábrica, la nevera vacía y ya pocos ceros en mi cuenta. He decidido tomar prozac para dormir y quedarme con cara de vaca lechera mirando por la ventana los días que llueve, mientras mis hijos se idiotizan ante la tele y mi mujer -a la que, por supuesto, he dejado de querer- bebe una copa de vino tras otra. He decidido anular la cena de hoy y tomarme otro prozac, hoy han vuelto los dolores en el pecho.
domingo 16 de octubre de 2011
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